jueves, 31 de mayo de 2012

No se puede vivir sin conocerlo, ni recordarlo.

Es extraño cuando te das cuenta que por más que trates de adaptar tus costumbres a una ciudad nueva -y no tan lejana- no puedes. Por mucho que hayan pasado casi cinco años desde que ya no vivo en esa ciudad que en el sentido más cursi de la palabra, me vio crecer.
 Mantengo esa pintoresca costumbre de ciudad grande por cruzar la calle corriendo, tan típica de esas urbes donde cruzar en luz verde no te garantiza llegar vivo al otro lado y cruzar en paso cebra es un seguro de vida. Y no solo eso, comparo cruelmente esa ciudad con esta, la extraña (Valparaíso era tan colorido...), la que me acogía solo en vacaciones y ahora transito inevitablemente como desconocida, conociendo solo lo básico, sorprendida por rincones inexplorados, mirar como turista asiático y disparar el obturador (si las condiciones lo permiten). Es que simplemente 300 km se sienten como el otro lado del universo, y cinco años una eternidad.

 El Barrio Puerto es patrimonio, tiene fama de peligroso, pero afortunadamente nunca me pasó algo y a pesar de esto me dejó como herencia una paranoia respecto a lo que vulnerabilidad a delitos se refiere. No supe la importancia de ese sitio (nací ahí, era cotidiano) hasta que declararon la Ciudad como Patrimonio y especialmente el casco histórico donde vivía. Atrás del edificio donde estaba mi departamento, estaba la Iglesia de la Matriz, levantada en 1559, una de las más antiguas del país (en la foto de arriba, ¿la ve?). En algunas cuadras a la redonda coexistían una serie de edificios antiquísimos donde se podía comprar todo lo necesario:. Emporios, Supermercados (el primer Santa Isabel, cerrado el 2007), Librerías, Boticas, Jabonerías, entre otros. Corrían historias sobre la época dorada de Valparaiso y la bohemia que ocurría precisamente ahí, y no me caben dudas. (...)



Y a pesar de esta descripción que acabo de darle, puede que usted simple mortal piense que esta foto es shúer urbana (lease con tono de intelectual egocéntrico), mientras que mi historia de vida (oh, gran cosa) me permite ver esta captura como un pasaje a los flashbacks más intensos y cinematográficos posibles (QUÉ CURSI SUENA ESO). Y desaría que esto último fuese una cursi exageración, pero no, tortuosamente a 500 km de distancia y cuatro años sin volver es una cuchillada al presente.
 Bien dicen que una foto vale más que mil palabras y esta foto significa mucho para valorar el pasado y caer de bruces en el presente. ¿Ve la fotografía? Ahí hay un trolley, de los que frecuentaba todos los días para ir al colegio y practicamente a todas partes. Y esto, pasaría inadvertido de no ser por lo realmente catastrófico de esta situación: los edificios en ruinas. Creerá usted que siempre estuvieron en ruinas, pero la verdad es que no, ¿No leyó antes que estos edificios antiquísimos eran librerías y locales diversos? Claro que lo eran, pero antes de la explosión de gas de la calle Serrano en Febrero del 2007 (meses antes de irme).
 Ese espacio que voló era una cordonería, al principio del edificio azul había una ferreteria, a su lado una boutique (créalo o no), cerca del cartelito Bresler había una confitería donde vendían un surtido de galletas espectacular y habían cajitas de galletas de vidrio como los negocios antiguos. Donde está un cartel blanco era una librería (se llamaba Plastilán) donde compraba muy seguido los útiles escolares y a su lado estaba una tienda donde vendían toallas y ropa interior.



 Pero, ¿de qué sirve recordar tanto si nada volverá a ser como antes?
 Y esa es la bofetada.
 Por más que regrese a ese extraño y pintoresco lugar o piense en él, nada puede volver a ser como antes, ni el edificio ni yo.

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